
Cuando María Antonia llegó a casa después de trabajar, notó que algo había cambiado. Fue nada más abrir la puerta y ver refulgir la luz blanca del mediodía en muebles y suelos como nunca lo había hecho. Ni siquiera estaba la mancha de café del desayuno que había volcado Uñitas, su gato, por la mesa del salón.

El edificio de la sede del Gobierno de Madrid sigue amurallado con vallas y furgones de policía. La fachada está salpicada de pintura roja que algunos manifestantes lanzaron con la llegada de los antidisturbios.

Con los reos en la palestra comenzaban las Martiriadas. Glauco pidió a sus invitados que se situaran en la baranda para ver mejor el espectáculo. Los guardas, a la orden del Cónsul, sacaron los ojos a los condenados con unas cucharas de palo que en ocasiones quedaban encajadas en la calavera.

En la televisión, el noticiero desgajaba cortes de la entrevista que su hermano Rodrigo había ofrecido al programa estrella de cotilleos poco antes de ser acusado del asesinato de su madre.

Silenciosa, Anna empezó a acariciarse con la yema de los dedos la palma de la mano, hipnotizada. Después, su padre concluyó con un saetazo de semen y un grito ahogado como si lo pronunciase desde el fondo de un foso.

Aún veo las casas desmoronándose bajo la niebla y la visión de la Luna partida en dos trozos sobre nuestras cabezas. Después, aquella luz blanca en la que se fueron fundiendo uno a uno todos los soldados hasta quedarme sólo en medio del bosque.

Nos acercamos poco a poco a una chica, quizás una adolescente, que repite en voz muy baja su nombre, Andrea, mientras se pasa un dedo por los labios cortados. Miramos de cerca sus pies de piel blanca, casi trasparente, hasta las rodillas, repletas de marcas violetas de heridas y golpes recientes.

De la misma forma que sobre el terreno sinuoso se articulan a la perfección edificios y carreteras, anoche encajaron las dos llamadas que ahora me tienen sentado en el asiento 18C del vuelo LF387 de Lufthansa.

Nada más escuchar el mensaje del profesor Marcelius en mi contestador solté la mochila del gimnasio, cogí mi carpeta de piel marrón con los documentos del experimento y bajé a la calle en busca de un taxi que me llevara rápidamente al laboratorio.

Todos los días, cuando pasaba la escoba por la casa, recogía escamas del temple azul cielo con el que había pintado el techo hacía unos meses.

El niño muerto resultó no estar muerto, aunque en sus cuencas ya no había ojos y su boca era una cicatriz atroz sin labios y apenas dientes.

En la radio, que antaño había servido de entretenimiento a su hija enferma, anhelaba escuchar la noticia de que la mujer que más había odiado sobre la tierra, ya estaba muerta.

Alicia vive encadenada en una habitación. No ve más luz que la que entra por debajo de la puerta que cada día observa aparecer y desaparecer lentamente.

Si lees esta carta es porque me pidió él que te avisara, textualmente, de que puedes “sentirte liberada”. Así me dijo.

Todas las noches me acuesto pensando en mi muerte. En el momento último en el que todo se apaga y mis ojos permanecen abiertos apuntando al vacío.

Mateo miraba por la enorme ventana de la sala de espera el cohete al que subiría y en el que estaban instalando una pasarela larguísima. Jamás había visto tan de cerca una de esas naves plateadas y perfectamente pulidas en las que no se distinguía un solo remache.

Doña María del Carmen, que era el nombre de la distinguida dama, estaba en el quinto misterio del rosario cuando el timbre del teléfono rompió la quietud de forma tan abrupta que hizo retumbar la urna con la mano de la Santa.

El último hombre que quiso arreglarme la vida tenía dos ex-esposas, una novia, tres hijas, un traje cruzado gris antracita que no se quitaba jamás y un trabajo de auxiliar administrativo en Correos.