Espejo de lo que somos
En el reloj de la Puerta del Sol dan la seis de la mañana y no hay un alma en la plaza. Las botellas de champan y los racimos de uvas pisoteados recuerdan que hace unas horas cientos de personas celebraban el fin de año en ese lugar. Ahora las farolas y las luces navideñas están apagadas. Hay taxis atravesados en la calle Mayor, que como algunos coches de policía, están volcados o ardiendo. De las bocas de metro salen gallardetes titánicos de humo que se elevan uniéndose al resto de incendios que salpican la plaza. También tapizan el asfalto decenas de personas inconscientes entre pancartas con las proclamas que habían coreado poco antes de que el reloj diera las doce de la noche.
El edificio de la sede del Gobierno de Madrid sigue amurallado con vallas y furgones de policía. La fachada está salpicada de pintura roja que algunos manifestantes lanzaron con la llegada de los antidisturbios. En la puerta del edificio hay dos policías heridos con trozos de una valla metálica.
El reloj de la Puerta del Sol termina de dar seis campanadas, y con la última, el balcón principal de la sede de la Comunidad se abre de par en par de un golpe. Los cristales que aun quedaban se rompen con un estruendo seco. Esperanza Aguirre, con el pelo alborotado y un traje de chaqueta desgarrado, se asoma a la barandilla desafiante. Se frota los ojos oscureciendo sus cuencas con el rímel y empuja con la punta de sus zapatos el cuerpo de una guardia civil. Esperanza se da cuenta de que no hay nadie que la proteja.
 Al otro lado de la plaza, apoyándose en el quiosco de prensa que debería estar abierto las 24 horas, se incorpora con dificultad un hombre joven. Apenas puede mantenerse en pie, y tras coger el palo de una de las pancartas para ayudarse al andar, busca a su alrededor a alguien susurrando un nombre. Está asustado y dolorido.
 Esperanza Aguierre aun no se ha percatado de esta figura porque mira absorta arder las casas frente a su balcón, justo donde estaban las cadenas de televisión retransmitiendo las campanadas. Entre las llamas Esperanza cree distinguir a la presentadora de la televisión local colgada de una farola, extrañamente le parece hermoso el reflejo del fuego en su vestido de lentejuelas oscilando con la brisa.
 Mientras, el hombre joven ha encontrado a quien buscaba. En su cara primero el horror y luego un dolor nítido que le paraliza la cara en una mueca grotesca. Esperanza escucha el grito ahogado y asustada intenta localizarlo en la oscuridad. Se agacha sigilosa y busca en la guardia civil del suelo un arma.
 El joven arrodillado abraza con desesperación a un anciano. Le aparta el pelo de la frente donde hay una herida abierta. Siente como si una mano le estrujase el pecho impidiéndole respirar. Ya no siente miedo, el dolor nítido se lo ha tragado.
 Esperanza Aguirre guarda con cuidado la pistola en la cintura de su falda rosa. Frente a ella la bandera de España del balcón arde emitiendo un humo negro y pestilente que hace que le escuezan los ojos. Cuando vuelve a mirar al hombre joven, ve que se dirige cojeando hacia el balcón donde está ella, lentamente pero con determinación. Ha dejado recostado al anciano en una de las fuentes de la plaza, cubriéndole el rostro con su abrigo de pana.
 De repente las luces navideñas se encienden y Esperanza puede distinguir la plaza con claridad. Un cosquilleo le sube desde las plantas de los pies hasta el estómago al recordar sus palabras dando la orden de impedir una concentración en Sol durante el fin de año. La rabia hace que apriete con fuerza los dientes y de un puntapié a la guardia civil tirada a sus pies. Su tricornio cae al vacío.
Esperanza saca el arma y apunta al joven que va hacia el balcón. Tiene el pelo oscuro y corto, viste con un traje negro hecho girones y una de sus piernas no para de sangrar.
 -¡Eh! – Grita Esperanza desde la altura. – Si sigues acercándote te disparo.
 El hombre joven está furioso y no parece escucharla. Sigue avanzando con dolor, apoyando sus manos ensangrentadas en la madera donde poco antes había un cartel que proclamaba que no había pan para tanto chorizo.
 -¡Quieto! Voy a disparar si sigues andando- Esperanza agita el arma temblorosa. Está asustada y se imagina ensartada entre los hierros de las vallas como los policías que hay bajo su balcón.
 Retumba en la plaza una explosión. Esperanza mira hacía la calle Preciados donde ve una gran bola de fuego elevarse desde la fachada de El Corte Inglés. Después, solo se escucha el crepitar del fuego y los pasos lentos del hombre joven que sigue avanzando hacia ella.
 -Yo te conozco – Grita Esperanza. –Te he visto muchas veces desde esta ventana… ¡Quieto ahí! Si sigues andando te pego un tiro.
 -Ya lo has hecho – Dice el hombre joven con el poco aire que las fuerzas y la ira le permiten expulsar de los pulmones. -¡A todas estas personas las has disparado tu!- Clama con rabia proyectando su voz hacia el balcón.
 - ¡Solo he defendido la democracia! Sois unos golpistas. A mí no me engañáis, bajo la apariencia de inocentes movilizaciones escondéis deslegitimar nuestro sistema representativo. Yo he sido elegida por el pueblo, ¿A vosotros quien os ha elegido?
 -¡Has sido elegida por los mercados, por los bancos y las corporaciones! No trabajas para el pueblo. Tú y los tuyos sólo nos habéis exprimido para aseguraros la continuidad de vuestro sistema esclavista.
 - ¿Pero quién te crees que eres para definir quién es el pueblo? En nuestro país no hay atajos revolucionarios. No sirven vuestras manifestaciones, ni la toma de las calles, ni la mano alzada. Eso ya pasó, la ciudadanía ya ha elegido en las urnas que es lo que quiere.
 -¿Qué hemos elegido? ¿Qué es lo que yo he elegido? ¿Terminar una carrera, aprender dos idiomas y hacer un máster para no poder pagar ni la hipoteca ni las latas de atún con las que alimentarme? Yo no he elegido esto.
 A Esperanza Aguirre le suena el móvil. Sin dejar de apuntar con la pistola al chico joven se desabrocha la camisa fucsia y saca el teléfono que guarda en el sostén. Mira la pantalla para ver quien llama y el gesto de la boca se convierte en una línea fina, después, lanza el teléfono con fuerza mientras sigue sonando. Cae sobre la acera haciéndose añicos, aunque la pantalla sigue encendida, muy cerca de donde está el chico joven.
 Se oye cada vez más cerca los rotores de los helicópteros sobrevolando la ciudad. Por la calle Carretas baja un perro oscuro y sin collar que se para en mitad de la plaza, huele el aire y se acerca con las orejas gachas al hombre joven.
 Esperanza mira desde la altura hacia los laterales de la plaza y se percata de que son muchas las personas abatidas por todas partes.
-Todos estos… vosotros… vosotros exigís los mismos derechos que un ciudadano que trabaja diez horas al día y paga sus impuestos. El estado de derecho nunca sustentará a vagos. Nadie os obligó a firmar hipotecas, a estudiar carreras, a tener hijos. Vuestras decisiones personales no pueden ser una obligación para nosotros, para el Estado.
 - Es cierto- continua el chico- os dimos el poder mediante las urnas para gestionar nuestro sistema de vida… ¿y que habéis hecho? ¡Vosotros sois la crisis!
Esperanza Aguirre mira al joven fijamente con desprecio. Siente que le odia intensamente.
Llega un helicóptero que sobrevuela la plaza. Con un chorro de luz blanca ilumina la escabechina de la puerta del Sol. El fuego se ha extendido desde las casas colindantes a la sede de la Comunidad, que arde desde su base con lenguas de fuego que se tragan un despacho detrás de otro. A la presidenta el sudor hace que sus mechones rubios le caigan sobre la cara. Nerviosa se quita la chaqueta y la agita con insistencia para que la vea el helicóptero. El foco ahora se dirige hacia el balcón, deslumbrándola.
-¡Aquí! ¡Soy la presidenta!
El helicóptero entonces se eleva sobre el cielo de Madrid, apaga la potente luz y desaparece poco a poco en la lejanía como el eco de un eco.
-Ahora todos lo saben. – Dice el hombre joven con tranquilidad- Nuestra dignidad nunca más volverá a estará en vuestras manos. – Después se agacha y coge el palo de la pancarta que a sus píes dice “No es una crisis, es una estafa”, y apoyándose en él empieza a andar hacia la calle Preciados con pasos lentos.  A su lado le sigue el perro con las orejas en alto, olisqueando el aire y mirando al frente. El fulgor del amanecer se atisba entre los edificios de Callao y al joven le sorprende que le parezcan hermosos los cristales destrozados de El Corte Ingles reflejando la nueva luz del día.
El reloj de la Puerta del Sol marca las siete en punto, pero no suena ninguna campanada.

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  1. goyo

    si esto no ocurre, no ocurrirá nada. nuestro miedo ha de ser devorado por el dolor, efectivamente.

    feb 23, 2012 @ 13:13

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